Domingo, Octubre 20, 2019
   
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Sandín: de entre las aguas

Sandin de entre las aguas Muchos años después, ya postrado en el lecho que habría de acogerle en su muerte, Aurelio Buenadicha aún recordaba la jornada en la que acabaron las obras del embalse de Cernadilla, el embalse que sepultó bajo las aguas para siempre la mayor parte de su pueblo natal: Sandín. Bajo las aguas quedaron los prados y los huertos más fértiles, los que asomaban al río. Quedaron los caminos más hermosos, los que recorrió de niño sin darles mayor importancia, quedaron casas enteras con su ajuar, sus cocinas y sus historias. Quedó la iglesia donde había sido bautizado y el cementerio donde pocos meses antes su madre quiso ser enterrada, aun sabiendo que el pantano ya estaba en marcha. Para la iglesia trajeron una bola de demolición y la tiraron a golpes.

Fue en los primeros setenta del siglo XX. Un día, cuando las aguas ya estaban alcanzando un nivel importante, Aurelio Buenadicha bajó con su amigo Tomás Prada hasta los riscos de lo que se había convertido en el final del pueblo, desde donde tenían una buena vista del embalse. Liaron con parsimonia un cigarro de picadura y lo fumaron en silencio. Después, Tomás Prada dejó escapar un suspiro, apagó despacio la colilla contra el suelo, le dio la mano y partió con la maleta bajo el brazo por el camino de la capital. Nunca volvió. Eran años en los que todos los pueblos de Sanabria y Carballeda estaban sufriendo un despoblamiento como nunca antes habían conocido, pero Sandín, pese al (poco) dinero de las expropiaciones, perdió entonces, además de población, un pedazo de su alma.

Aurelio Buenadicha nunca se fue. Junto a otro puñado de vecinos, a modo de homenaje, recuperaron de las aguas y de la rapiña el retablo y la pila bautismal de la vieja iglesia para colocarlos en la nueva. Arreglaron sus casas, construyeron otras nuevas e intentaron seguir con su vida. El embalse se convirtió en un enorme vecino absorbente que condicionaba todas y cada una de las horas del día.

Al cabo de los años, Aurelio Buenadicha pasó muchos ratos en las orillas del agua. Cuando el nivel andaba bajo era posible vislumbrar las piedras de la iglesia antigua, y aun las de las paredes de los huertos sumergidos. Le gustaba pasear por el barrio de la Redute, casas que la compañía eléctrica había comprado por su cercanía al embalse pero que rara vez resultaban anegadas. A Aurelio le parecía que ese barrio guardaba el espíritu de lo que Sandín había sido. Él no veía cómo las zarzas y la hiedra iban ganando terreno entre las piedras, sino que todavía era capaz de oír a la Tía Angelíca cantando mientras daba de comer a las gallinas, a Pedrín tranquilizando a su pareja de vacas antes de uncirlas al carro, a los niños persiguiéndose entre las callejas en los mismos juegos a los que él había jugado.

Muchos años después, ya postrado en el lecho que habría de acogerle en su muerte, Aurelio Buenadicha pensó que lo que él de verdad deseaba era descansar en el viejo cementerio bajo las aguas, junto a su madre y sus antepasados.

No lo consiguió.

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